viernes, 8 de octubre de 2010

La tecla, el humo, el whisky

La tecla, el humo, el whisky:
Novelas de ordenador. Es una expresión que acuñó Paco Umbral a finales de los ochenta para definir a esos jóvenes novelistas que le estaban pisando los talones con unas novelas que, al parecer, se escribían solas. El ordenador del novelista al que las novelas se le escribían solas era enorme, de un futuro ya pasado de moda como de Star Trek o Perdidos en el espacio. El novelista vivía sin despegarse de una chuleta en la que alguien le había escrito qué teclas había que pulsar para no perder el documento. El novelista le tenía pánico a aquel chisme entre futurista y cromañónico: en alguna ocasión el ordenador se le había tragado un artículo. El escritor se había quedado mirando un rato la pantalla, conteniendo las ganas de tirar aquel chisme por la ventana. Una vez, el escritor le pidió a uno de sus niños que le pusiera un whisky. El crío vino atolondrado, como todos los críos, y al ir a posar el vaso sobre la mesa se tropezó y el líquido se derramó por debajo del ordenador. El ordenador murió. El novelista se sujetó a la mesa, no sabiendo si tirar por la ventana al ordenador o al crío. Durante tres días la máquina de escribir novelas estuvo en manos de un mago (experto) que consiguió recuperar las cien páginas de la nueva novela que el novelista estaba escribiendo. O por decirlo a la manera umbraliana, que le estaba escribiendo el ordenador. La idea de Umbral no era tan peregrina, respondía a la vieja creencia de que todo lo que entrañaba una dificultad física acababa siendo más auténtico: la letra, con sangre entraba; el suelo quedaba más limpio si una mujer lo fregaba de rodillas; el cocido en olla colorada, nada de olla a presión; las cartas, a mano y por correo regular, y las novelas, a máquina pero con múltiples correcciones a mano para que los estudiosos pudieran teorizar en un futuro sobre el misterio de la creación. Cuidado, máquina de escribir, pero nunca eléctrica, sino con el tracatrá fundamentalista del teclado; flotando en el aire y adherido a los muebles, el humo y el olor del tabaco, y en un rincón, la papelera, a fin de encestar los folios frustrados. Para completar el cuadro, el whisky, ese liquidillo mágico que, a su manera, también consiguió que algunas páginas se escribieran solas. Así salieron. Ah, la mítica de la escritura. Cierto es que a algunos escritores les pareció que el proceso enojoso de aprender a manejar un ordenador, el silencio del teclado, el dejar de fumar o el mantener el whisky a una distancia prudencial acabaría con la magia de la literatura. No ocurrió así. Para desgracia de los que afirmaban que si se prohibía fumar en los clubes de jazz se perdería el encanto de la música en directo, el swing no abandonó a los músicos, incluso, a menudo, aun siendo fumadores, gozaron de un aire más limpio para realizar un trabajo que requiere un gran esfuerzo físico; tampoco la falta de ruido de las máquinas de escribir restó talento al que lo tenía, ni la comodidad de borrar sobre la pantalla consiguió que los libros o las columnas se escribieran solas. A los novelistas por ordenador, decía Umbral, les resultaba tan fácil escribir novelas que tendían al novelón. Qué ironía en quien escribió tanto y de manera tan compulsiva. Pero entiéndaseme, no recuerdo aquellas afirmaciones con antipatía, son tan de época que resultan útiles para hacer recuento de cómo ha cambiado nuestra vida en veinte años. Uno de los ritos obligados cuando viajabas al extranjero era buscar un quiosco céntrico en el que vendieran algún periódico de tu país. Tu país está ahora metido en un aparato diminuto. De la misma forma que se ha revitalizado la relación epistolar cuando se creía que daba sus últimos suspiros. El resultado es que uno no se siente tan solo si, estando lejos, puede encender la mágica pantalla y leer algunos correos, maldecir algunas noticias, departir con algunos amigos con la misma gloriosa superficialidad con la que se toma un café a media mañana en un bar y conocer textos de gente interesante que nunca accede a los grandes medios. En realidad, esa voz de Umbral atacando a los primeros escritores que se pusieron tecnológicamente al día es algo muy antiguo, no ya en la negación de la modernidad, sino en la defensa de uno mismo frente a un mundo que no se acaba de comprender. A mí me costó dejar el tracatrá, me costó amoldarme al silencio, a la pantalla y a la navegación. Lo que ahora es natural fue en su momento tan abstracto, tan difícil de comprender como un logaritmo. Hoy, mi pequeño ordenador contiene miles de voces, las de amigos, las de conocidos, las de gente que muerde también. Con el tiempo he aprendido a bucear por sitios seguros, evitando las aguas emponzoñadas. Por eso me extraña cuando mi colega Carlos Boyero, que dice negarse a navegar por estos mares virtuales, añora esos folletos en los que se informaba a los críticos de las películas. Y es que una vez que te acostumbras a este medio tan limpio eres más consciente del papel derrochado y de lo que el aparatito ha facilitado nuestro trabajo. Eso sí, no te escribe novelas ni artículos. Ay. Pero como bien debía de saber Umbral por un buen amigo suyo, eso era más antiguo que la tecnología virtual, eso te lo hacían los negros de toda la vidaAlgunos escritores creyeron que el uso del ordenador acabaría con la magia de la literatura. No fue así

Mi ordenador contiene miles de voces, las de amigos, conocidos y, también, las de gente que muerde

David Remnick 'Una buena pregunta es la que resulta inesperada

http://www.elpais.com/articulo/portada/David/Remnick/buena/pregunta/resulta/inesperada/elpepusoceps/20100926elpepspor_7/Tes


Premio Pulitzer, guardián de las esencias del gran periodismo como director de la revista 'The New Yorker' y agudo analista del futuro de un oficio en crisis, publica una monumental biografía sobre Obama.

Si no es en esta planta, la cima del mundo no debe de andar demasiado lejos. David Remnick, director de la revista The New Yorker, señala a través de los enormes ventanales de su despacho, en el piso 20º del edificio de Condé Nast, un punto indeterminado más allá de la antigua y de la nueva sede de The New York Times y de los luminosos de Times Square que parecen desplegarse en un pase privado para sus ojos. Al otro lado del río y de la soleada, sucia, estrecha y ruidosa Manhattan apunta a algo que debe de ser Hackensack, en las profundidades de la vecina Nueva Jersey, y exclama con indisimulado orgullo: "¡De allí provengo!".

"Una nación sin periódicos, pero con infinitos 'blogs' no sería mejor"

"El periodismo te da una idea de lo normal que puede ser el poder"

"Entrevisté dos veces en profundidad a Obama. Pero es demasiado cauto"

De cómo Remnick, de 51 años, casado y con tres hijos, abandonó el lugar en el que creció como el descendiente de un dentista y una profesora de arte de origen judío para acabar dirigiendo los designios del boletín oficial de la progresía estadounidense y del periodismo de calidad, encaja bastante en la clase de historia de superación americana basada en el talento y el trabajo duro. Graduado en Literatura Comparada por Princeton y brillante reportero deportivo en su juventud (es célebre un perfil suyo de Muhammad Ali, de próxima publicación en España), su labor de cronista del agonizante comunismo como corresponsal en Moscú para The Washington Post le valió en 1994 un Premio Pulitzer por el libro de ensayos La tumba de Lenin. Los últimos días del Imperio Soviético.

Ingresó en la plantilla de The New Yorker hace 18 años y sucedió en la dirección a la enérgica y un tanto alocada y derrochadora Tina Brown en 1998. En este tiempo ha colocado la revista en una envidiable posición para enfrentarse a los retos (la caída publicitaria, la falta generalizada de interés, el acoso digital) que desafían la mera existencia de la prensa tradicional. Algo que es y seguirá siendo The New Yorker a sus 85 años de orgullosa periodicidad semanal, extrema reverencia por el texto, la ficción y el humor clásico y escasas concesiones a los alardes fotográficos.

Bajo el mandato de Remnick, las ventas y las suscripciones han aumentado (hasta dejar atrás el millón de ejemplares) y, en medio de un escenario de debacle de ingresos (un 24% menos de publicidad solo el año pasado), la suya es la única revista que no se ha visto obligada a recortar gastos en la todopoderosa Condé Nast, gigante en problemas como el resto de los de su especie y propietaria de Vogue, Glamour o Vanity Fair.

En la era de la pandemia de los blogs, de la información como ilusión de conocimiento y de las aplicaciones para iPad, la receta de Remnick confía su relevancia en la vieja fórmula del periodismo de calidad: piezas largas sobre asuntos serios, escrupulosamente enfocadas y contrastadas con fiereza. Es la misma clase de retórica que desplegará durante la larga conversación para tratar de la publicación en España de uno de los lanzamientos de no ficción más exitosos de este año en Estados Unidos. El puente. Vida y ascenso de Barack Obama (Debate) es el monumental reportaje de Remnick sobre el camino que llevó a un negro, de madre estadounidense y padre keniano, a las puertas de la Casa Blanca como el genuino heredero del movimiento por los derechos civiles.

En un despacho ordenado, extrae de una nevera refrescos dietéticos y se mueve entre portadas enmarcadas de The New Yorker, un frío retrato de Putin del fotógrafo Platon y primeras planas de sus años en Moscú firmadas por él mismo y apoyadas en la pared. Remnick perseguirá la palabra justa y el dato adecuado como el reportero riguroso que, antes que nada, se considera. Mientras, al otro lado de la puerta trabaja en oficinas individuales la Redacción de la revista, con su legendario escuadrón de fact checkers, división dedicada a destripar cada pieza aspirante a publicación para comprobar la veracidad de cada dato, cita y afirmación.

Esos viejos reporteros que ejemplifican la pérdida de ciertos valores de la profesión en el hecho de que las redacciones se hayan convertido en sitios más civilizados no encontrarían, a buen seguro, indicios de vida periodística en este silencioso lugar. "Todo ha cambiado", admite Remnick. "Antes reinaba el sonido de las máquinas de escribir, la gente se gritaba cosas horribles, se fumaba y alguien siempre estaba borracho. Cuando empecé en el periodismo era de otra manera".

¿El refinamiento de la tribu es intrínsecamente malo? No importa que las redacciones sean ruidosas o no. Lo importante es cuán profunda, omnisciente, ajustada, inteligente y comprensiva sea una pieza periodística, no si el que la escribe es un tipo al que no presentarías a tu hija.

¿No le interesa la mitología de este trabajo? ¿A quién le interesa? Funciona en las películas, y las películas me gustan, pero son películas...

¿El periodismo mejora con el tiempo o es uno de esos raros asuntos no sujetos al darwinismo? No lo creo. Internet ha producido comunicación sin fricción, un acceso a una vastedad de información de un modo increíblemente fácil y maravilloso. La información puede ser ilimitada, pero no el periodismo de calidad. Y ahí es donde este es relevante, más que hace 10, 15 o 75 años. La tecnología tiene consecuencias inesperadas, usted trabaja en un periódico y lo sabe todo sobre esas consecuencias inesperadas. Imagínese España sin EL PAÍS. ¿Cree que sería mejor como nación si careciese de periódicos, pero contase con un infinito número de blogs? Estoy convencido de que no.

En Estados Unidos empieza a darse la circunstancia de que grandes ciudades se están quedando sin periódico... Crecí cerca de la ciudad de Newark. Todos y cada uno de sus alcaldes han acabado en la cárcel por corrupción. Y ha sido gracias al Star-Ledger, que no es un periódico perfecto, obviamente. Trate de imaginarse una ciudad sin un actor que sea capaz de encarcelar a sus alcaldes corruptos. ¿Querría eso? A mí me preocupa.

¿Es este aún el mejor oficio del mundo, como lo definió García Márquez? Para mí lo es. Yo vengo de una ciudad pequeña y para un chico como yo representaba la posibilidad de un billete con el que viajar al gran mundo y hacer preguntas groseras sobre asuntos como política internacional. Es divertido. Claro que García Márquez acabó por abandonarlo.

¿Cuál es el secreto de una buena pregunta? Que sea inesperada. Se trata de sacar a los personajes de sus casillas, de lo que se espera de ellos. Una entrevista nunca se puede convertir en un peloteo de pimpón. Hay que mandar una bola de vez en cuando a la esquina, adonde le cueste trabajo a tu oponente devolverla. En eso, la maestra era Orianna Fallacci.

¿Y cómo se siente uno al otro lado de la grabadora? Incómodo. Sé lo que hago cuando estoy en su lugar, no cuando me siento en este. Cada cual tiene sus métodos. Había un periodista de The New York Times, llamado A. J. Liebling, que se limitaba a ponerse frente a su interlocutor y no decía nada, simplemente le miraba fijamente. Un tipo que conocí en Gaza conducía las entrevistas como si fueran horrendas discusiones. Lo que en ningún caso es aceptable es la conferencia de prensa. Es el teatro de lo irrelevante.

En España, la última moda entre los políticos es la rueda de prensa sin posibilidad de preguntas... Me lo creo. Y luego están los que piden las preguntas previamente por escrito, o los que, y esto es muy de Washington, piden ver las respuestas transcritas para masajearlas.

Solía decirse que el periodismo de calidad vendía revistas. Ahora solo se habla de cuánto cuesta... Si es de una gran calidad, la gente querrá pagar por ello. Tome nuestro caso. Somos una nación de 300 millones, y probablemente unos tres millones leen la revista. Es solo el 1% de la población, podría pensarse. O si no, calcular que con esa gente se puede llenar el estadio de los Yankees muchas veces. Es un montón de gente leyendo piezas largas sobre asuntos inesperados, frente a otros que ofrecen información desgajada como si administrasen comida para gatos. Las revistas que ofrezcan lo que cualquiera es capaz de hacer tendrán problemas. Pueden cortar gastos, pintar sus oficinas de rojo o de azul, pero no solucionarán nada.

Mi opinión es que gran parte de sus lectores se sienten confortables al comprar la revista, se gustan viéndose clientes de 'The New Yorker'. Y cuesta creer que alguien al llegar a casa tras diez horas de trabajo, diga: 'Cariño, antes de la cena leeré esta pieza de 20 folios sobre el tráfico de diamantes en Madagascar'. No estoy de acuerdo. Cuando coges una copia de la revista Time te encuentras lo que esperas encontrarte. Las noticias de la semana. No hay nada más viejo en este mundo que el periódico de ayer o la revista Time de la semana pasada. Pero hay muy poco de viejo en una copia antigua de nuestra revista.

¿Será sostenible su potente departamento de correctores y 'fact checkers' dentro de 10 años? Sí. Es parte de lo que somos. Cuando empiezas a dañar lo que eres, durante un tiempo te podrás decir a ti mismo que aún eres lo que solías. Pero si sigues despojándote de cosas, te quedarás solo con un nombre. No vale la pena.

Aun así usted logró recortar gastos el año pasado. ¿Cómo? Puro ingenio.

Y algo de inmodestia... Cierto. No es fácil, tienes que mirar mucho dónde gastas el dinero. Mi filosofía es la de un productor de cine antiguo. No gastes en aquello que no se vaya a ver en pantalla. No quiero perder dinero en cuentas de restaurante, en la clase de estupideces en las que un periodista puede gastar mucho. ¿Que necesitas más pasta para volver a un sitio y hacer más trabajo de reporterismo? Adelante, coge el dinero y vuelve.

Eso lo convertirá en el favorito de la profesora aquí, en Condé Nast... Eso que dice no tiene sentido. Creo que ese puesto es o debería ser para Anna Wintour [directora de Vogue].

¿Cómo se encontró la revista en 1998? Creo que Tina Brown hizo un montón por darle velocidad, pero no en el sentido de rapidez, sino en el de esas anfetaminas que tomabas cuando eras estudiante, tenías un examen importantísimo y ningún tiempo para dormir. A veces una institución se apoltrona y necesita una patada en el culo. Asumió riesgos, no todos funcionaron, gastó un montón de dinero. Pero creo que debía hacerlo. No soy de esos que criticaría a su predecesor para mejorar mi cartel. No tengo planes de dejar la revista, pero cuando ese tiempo llegue espero que la persona que me sustituya lo haga mejor que yo.

¿Volverá la publicidad por donde se ha ido? No lo sé. Creo que no a los niveles de hace 10 años. Hay dos maneras de hacer dinero, que es para lo que estamos aquí: publicidad y cuánto cobramos por las suscripciones, ya sean en iPad, en una pantalla o en papel. La publicidad está en mínimos históricos, así que tenemos que subir el precio del ejemplar.

Pero ya lo subieron... No lo suficiente... Nuestros lectores lo entenderán, eso me da confianza en el futuro. Y un cierto sentido de estar embarcado en una misión.

¿Las revistas y los dispositivos electrónicos harán buenos compañeros de cama? Sí. Tengo 51 años y soy un poco adicto al papel y todo eso, pero esto no va conmigo, sino con mi hijo de 20 o mi otro hijo de 16. En cualquier caso, son asuntos de importancia secundaria. Si tú quieres leer la revista impresa sobre una lata de refresco, adelante, yo la imprimiré allí. Solo me parece moderadamente interesante discutir acerca de los nuevos dispositivos. Prefiero que hablemos largo y tendido de Anna Karenina que del cacharro que le sirva para leerlo.

¿Cómo demonios ha escrito un libro de 700 páginas con cientos de entrevistas mientras trabajaba aquí? Escribí un artículo, llamado La generación de Josué, que me satisfizo mucho. Trataba sobre raza, política, identidad, biografía... cosas que me interesan... y me dije que podría hacerlo. Fui al funeral de John Updike y me quedé unos días entrevistando a profesores de Derecho de Obama. Noté que estaba aprendiendo cosas que no sabía sobre él. Me pareció buena señal. Cada día me levantaba muy pronto por la mañana, trabajaba unas cuantas horas, venía aquí, hacía mi jornada, volvía a casa y trabajaba unas horas más. No es la mejor manera de escribir un libro, pero tampoco me puedo ausentar de aquí porque mi labor es importante para mucha gente.

¿Es un adicto al trabajo? Creo sinceramente que no. Me parece que es una palabra que la gente usa para justificar su gran sacrificio. En mi caso no lo es, es un trabajo que consiste en leer, en escribir... No me parece tan malo.

¿Qué hace en su tiempo libre? Cosas muy similares a las que hago en el trabajo. Leer, escribir [risas]. No tengo muchos hobbies. Solía gustarme jugar al ajedrez. Cuando era niño caí enfermo durante 10 días, la semana en la que Bobby Fischer y Borís Spassky jugaron las series mundiales. Pero no soy muy bueno. La música también me gusta, el jazz sobre todo.

Defina el cielo en términos jazzísticos... Lo viví el otro día en Nueva York. Sonny Rollins, Ornette Coleman y Roy Haynes, tres octogenarios juntos. Acariciaron las nubes.

¿Entrevistó a Obama para el libro? Dos veces, en gran profundidad. Estuvo bien que lo hiciera, pero no es cuando más aprendí sobre el personaje. Es demasiado cauto. La gente que más me aportó son aquellos que no están en política y lo conocían antes de que él fuera él. Me pregunto si la gente se interesará por el libro en España. Por cierto, felicidades por la Copa del Mundo de fútbol... Escribía sobre deporte cuando era muy joven, así que sé un poco más que el resto de mi generación sobre fútbol. Solía ir cuando era corresponsal en Moscú, pero hacía un frío del demonio...

A usted, tan abonado al simbolismo de los hechos en su trabajo periodístico, debió de interesarle mucho el partido entre Estados Unidos y Ghana, el primer país africano visitado por Obama como presidente. Secretamente iba con Ghana, la mujer de uno de mis mejores amigos es de allí. Era mucho más importante para ellos que para nosotros.

Otro símbolo, el puente de Selma, en Alabama, escenario de violentos brotes racistas en 1965, es el eje sobre el que hace girar todo su libro... ¿Tan central es para usted ese momento en el que Obama vuelve y da un discurso sobre ese puente, o se trata más bien de un truco de guión? No es un truco. Mire, el primer recuerdo de algo que estuviese del todo bien en la vida pública de este país fue, cuando era un crío, el movimiento por los derechos civiles... Es probablemente lo más inspirador que ha sucedido aquí. El problema central de Estados Unidos es la raza. La esclavitud es nuestro pecado original. La habilidad de Obama de conectar su biografía y su candidatura con esa tradición fue esencial para su victoria. ¡Obama solo era un senador que representaba a una pequeña vecindad sin ningún interés de Chicago! ¿Cuál era su atractivo? Es muy inteligente, un maravilloso orador, la gente estaba harta de Hillary... Pero su seducción estaba basada sobre todo en su biografía, en la presentación al público de su propia vida. Una vida que retóricamente combinó para representar una nueva forma de la identidad americana, es decir, multirracial, muy apegada a la inmigración y que suministra la cura para la mayor herida en la historia de América, la raza.

¿Cree que inventó algo para hacer más 'sexy' su biografía? No. Eso es una locura. Creo que es un movimiento desesperado, una serie de invenciones de la extrema derecha basadas en el resentimiento y el miedo al otro. La sola idea de que no es americano es asquerosa. Su certificado de nacimiento, se lo puedo enseñar en Internet, es auténtico. Nadie que se haya presentado a presidente de EE UU ha tenido nunca que soportar estas humillaciones. Pero no, él tiene que proclamar y demostrar que es cristiano una y otra vez y otra vez. Como si el hecho de ser musulmán fuera malo. Es un reflejo del degradado universo del partido republicano y de su mundo mediático, particularmente la Fox. Más del 20% de mis compatriotas creen que Obama es musulmán. Es otra de esas consecuencias inesperadas de Internet. Esas esquinas oscuras desde las que se emite propaganda que golpea y esconde la mano.

Lo cierto es que Estados Unidos, con la excepción del católico Kennedy, nunca ha tenido un presidente no protestante... Hace cuatro años nadie habría dicho tampoco que estábamos preparados para un presidente negro. Confío más en Estados Unidos que la mayoría. No creo que Francia esté tampoco lista para un presidente musulmán. Tampoco España.

¿Quién puede tener interés en leer un libro de casi 700 páginas sobre el personaje más expuesto del mundo, que está todos los días en los periódicos? Era uno de mis grandes desafíos. No olvide que él ha escrito su autobiografía. Está ahí y todo el mundo la ha leído. No creo que mi obra sea en todo caso la última palabra sobre Obama.

Obviamente, le votó. Lo hice.

El libro destila gran fascinación por el personaje. ¿No coquetea con la complacencia? Sentía por supuesto una gran fascinación, si no, no hubiese pasado por todo ese tremendo proceso.

¿Le ha defraudado su presidencia? Finalmente, la poesía de la campaña electoral deja paso a la prosa de la presidencia. Me han emocionado muchas cosas, como la reforma sanitaria. Hizo mucho por que la economía estadounidense no sufriera un colapso mucho mayor y mantuvo su promesa de abandonar Irak. Probablemente, sin la intervención de su Administración no existiría la industria automovilística, y tenemos conversaciones de paz entre israelíes y palestinos (en las que confío solo moderadamente, por razones obvias). Me desagrada mucho nuestra política en Afganistán, creo que vamos hacia ninguna parte muy rápido, y estoy muy poco o nada contento con la política climática. Hay muchas cosas que me preocupan. Pero no recuerdo ningún presidente que haya tenido que enfrentarse con tantas crisis al ingresar en la Casa Blanca. Está pagando por ello. Creo que va a perder un montón de congresistas en noviembre. Hay un 9,7% de paro, la recuperación está siendo inequitativa, por decirlo de un modo suave, y su política internacional deja que desear. Creo que no está dotado para las relaciones personales con otros líderes mundiales, como sí lo estaba Clinton. Con todo, y aunque odio el periodismo de predicción, creo que ganará las próximas elecciones a presidente.

¿El hecho de hallarse escribiendo un libro sobre Obama afectó al modo en el que 'The New Yorker' informaba sobre sus asuntos? No. Para la derecha soy un liberal izquierdista pro-Obama. Para la izquierda soy ese tipo que puso la portada en la que Barack parecía un terrorista y Michelle empuñaba un fusil. Solo era una parodia sobre los rumores y mentiras que circulaban sobre él alimentados por la extrema derecha.

Hábleme del ambiente en el que creció. Era una familia de clase media suburbana, en una zona aburrida. Quería salir de allí e involucrarme en la gran vida, en el gran mundo. Pronto supe que no sería una estrella del rock, por mi incapacidad para tocar la guitarra. Y eso que cuando tenía 18 años me fui a París y estuve tocando en el metro como un burdo imitador de Bob Dylan. Tocaba Dire Straits, cosas así. El periodismo fue mi billete a la aventura y al aprendizaje. Representaba lo opuesto a lo aburrido, a lo doméstico.

¿Cuál es su primer recuerdo de lo que significaba esa aventura de ser periodista? Creo que el milagro diario de The New York Times. Podías tomar esta imagen del mundo cada día. Recuerdo leer muy jovencito un libro del extraordinario periodista Gay Talese sobre las interioridades del diario. Era como mirar tras la cortina del teatro. Luego me metí con un periodismo más radical, en sitios como Rolling Stone, The Village Voice, Esquire... The New Yorker me parecía una publicación un tanto aburrida.

Luego acabaría en la excitante Unión Soviética de finales de los ochenta. A alguien se le ocurrió mandarme en 1988, era como que te mandasen a San Petersburgo en 1916. O a España en la Guerra Civil. Es lo más afortunado que nunca me sucedió. Era un gran periódico y un gran territorio y solo había dos personas en todo el imperio soviético... Era como estar en el cielo. También, porque no estábamos en guerra, no moría gente a diario.

¿Qué consejo daría a un joven periodista que no aceptase el cabal de dedicarse a otra cosa? Que sea comprensivo. Y se interese en la gente. No hay que ir con ideas preconcebidas. A veces me entrevistan y lo único que veo que me preguntan es lo que han leído en los dossiers de prensa, es como si quisieran que les dijera algo que ya saben, solo que un poco cambiado. Cuando empecé en esto me encantó saber lo sorprendente que puede llegar a ser la gente. Sobre todo los grandes hombres...

¿Por ejemplo? Todos. Gorbachov, Yeltsin, Lady Gaga... Son personas, si los encuentras en el momento adecuado y con la actitud correcta, los puedes desenmascarar, y eso es maravilloso. Le contaré una anécdota. Gorbachov tenía un rival temible: Ligachev. Todos los corresponsales de Moscú lo veíamos así, "el segundo hombre más poderoso de la URSS". Una vez le pedí una entrevista y me dijo que se pasaría por mi oficina. Yo le dije, no se preocupe, ya me acerco yo. E insistió. Y apareció este tipo con el pelo gris, un traje raído y un maletín. Me dijo que había olvidado algo en casa, que si no me importaba acompañarlo. Lo hice, y cuando subió a su apartamento olvidó el maletín en el coche. Lo cogí y lo sacudí. Estaba vació. Lo usaba como una herramienta de defensa. Era un tipo extremadamente normal. El periodismo te da una idea de lo normal y vacío que puede ser el poderDavid Remnick (Hackensack, Nueva Jersey, EE UU, 1958) llegó a la dirección de la revista 'The New Yorker' en 1998. Su gestión y su apuesta por la calidad y el rigor solo pueden considerarse como un éxito en tiempos inciertos.

Ex corresponsal en la Unión Soviética, de su experiencia para The Washington Post en Moscú, Remnick editó La tumba de Lenin. Los últimos días del imperio soviético, que le sirvió para ganar un Premio Pulitzer en 1994.

Ahora publica en España El Puente. Vida y ascenso de Barack Obama (Debate), una monumental biografía sobre el presidente de Estados Unidos para la que, confiesa, obtuvo más información desconocida del entorno que ha rodeado al personaje en diferentes etapas, que del propio mandatario. La misma editorial tiene en cartera Rey del mundo, un libro sobre la asombrosa historia del púgil Muhammad Ali y los tiempos que le tocaron vivir.